Tras casi tres meses de entradas semanales, técnicas y sesudas, sobre contratación pública, toca, en vísperas de Semana Santa, hacer un parón y buscar una excusa para hablar de historia y contratación, aunque más de la primera que de la segunda.
Con ocasión del artículo de la semana pasada sobre los contratos menores, surgió, de manera natural, la idea de escribir sobre la planificación, asignatura pendiente de la contratación pública española, y recordé algo que había leído hace un par de años y que alguna vez, más en broma que en serio, he utilizado como explicación a nuestra aparente incapacidad para planificar la contratación o cualquier otra actividad.
Lo leí en el libro América Hispánica de Borja Cardelús[1], una magnífica enciclopedia sobre la civilización hispánica en América, un libro que abarca todo lo que conforma una civilización: agricultura, fiestas, urbanismo, música, lengua, religión, arte, educación, comercio. Una parte del libro está dedicada a la presencia española en los Estados Unidos y la huella cultural española o hispana todavía presente en numerosos estados, sobre todo al oeste del río Misisipi, río descubierto por el español Hernando de Soto. Esta huella cultural es más importante de lo que se cree y está presente, por ejemplo, en algo tan genuino de la cultura norteamericana y de su imaginario colectivo como es el Western. Los que de niños disfrutábamos de las películas del oeste, de indios y vaqueros, desconocíamos que los modos de vida que se representaban en esas películas eran de origen español. Sí, sabíamos que los caballos de los indios que cabalgaban por las praderas eran descendientes de los que llevaron los conquistadores y exploradores españoles (los mustang) pero no sabíamos, porque nadie nos lo había contado, que el vaquero, el rancho, la ganadería trashumante o la forma de edificar las casas eran herencia española (¿quién no ha pensado, al visitar la aldea del Rocío en Huelva que parece un pueblo de una película del oeste?). Teníamos hasta nuestro propio séptimo de caballería en los Dragones de Cuera, la caballería del Virreinato de Nueva España que vigilaba la frontera y protegía a las misiones, origen de tantas ciudades estadounidenses como San Francisco o Los Ángeles, a los indios civilizados asentados a su alrededor y a los pocos colonos novohispanos que se aventuraban tan al norte, de los ataques de los mismos apaches y comanches que aparecen en las películas de Jon Ford y John Wayne. ¡Hasta la táctica de formar un círculo con los carros para defenderse de los ataques de los indios es de origen español! pues antes de que los apaches atacasen a los colonos anglosajones en sus carromatos cargados con sus enseres y familias marchando hacia el oeste, ya lo habían hecho para robar el ganado y los caballos con las caravanas españolas que se dirigían a Santa Fe por el Camino Real de tierra adentro.
En esa tierra de frontera se produjo el encuentro entre dos modelos culturales distintos, el anglosajón y el español, que darían lugar a dos civilizaciones diferentes. El autor del libro reflexiona sobre las diferencias culturales y de carácter de ambos pueblos, como por ejemplo el acendrado individualismo español frente al sentido colectivo anglosajón, la religión de la que se deriva el distinto trato dado a los indios o la actitud ante el trabajo donde la «palabra que define al hispano ante el trabajo es la improvisación y al anglosajón la organización», y la distinta noción del tiempo, donde el anglosajón se preocupa del pasado, del presente y del futuro, mientras que el «hispano tiene olvidado el pasado, desconoce el futuro («Mañana Dios dirá») y solo le ocupa, que no le preocupa, el presente».
¿No existirá, pensaba y decía alguna vez medio en broma medio en serio, una relación entre la noción del tiempo del español centrada en el presente y despreocupada hacia el futuro con nuestra aparente incapacidad para planificar? Todo el que haya desempeñado puestos de responsabilidad en la Administración habrá escuchado la frase de cuando lleguemos a ese río cruzaremos ese puente (con sus variantes como la de cruzar el río sin puente), lo que parece representar una despreocupación por los sucesos del futuro y confianza en la capacidad del español de improvisar cuando llegue el momento y resolver los problemas.
Algo hay de cierto en ello, en ese carácter español, pero no parece que con las consecuencias apuntadas (por mí, no por el autor). Desde luego con improvisación y falta de planificación no se organiza una ruta comercial, la Flota de Indias, que partiendo de Sevilla, navega a través del Atlántico en convoy fuertemente protegido («navegando en conserva» en maravillosa expresión de la época), llega a Cuba dividiéndose en dos rutas principales, una hacía Cartagena de Indias y otra hacia el actual México. Desde Cartagena de Indias parte la ruta que cruzando el istmo de Panamá llega al Pacífico y se dirige al Perú; las mercancías desembarcadas en Veracruz, tras la celebración de la correspondiente feria son transportadas a ciudad de México en cientos de recuas de mulas y desde allí a Acapulco, donde comienza el asombroso viaje del Galeón de Manila navegando a través del «lago español» con destino a las Filipinas desde donde se comercia con China, cuyos mercaderes reciben encantados la moneda española de plata, el Real de a Ocho, el dólar de la época (y origen del propio dólar). Desde Filipinas se realiza el «tornaviaje» a América por la ruta que solo conocían los navegantes españoles con el Galeón cargado de productos de las tan buscadas Indias, productos que acabarán llegando a España pasando antes por la Nueva España. Este sistema, organizado y planificado por la Casa de Contratación, un súper organismo autónomo dependiente de ese súper ministerio que era el Consejo de Indias, y que desde luego no era fruto de la improvisación y la desorganización, se mantuvo durante cerca de 300 años. Un par de siglos después los convoyes de la Flota de Indias formados por barcos mercantes y galeones de guerra para su protección, sirvieron de modelo para los convoyes anglosajones que cruzaban el Atlántico durante las dos guerras mundiales.
No parece, por tanto, que nuestra percepción del trabajo y del tiempo, con los matices que se quiera, sean las razones profundas de nuestra falta de planificación. Hay otras razones, propias de nuestro tiempo, que lo explicarían. Pero eso lo veremos en otra ocasión.
[1] Cardelús, Borja América Hispánica. La obra de España en el Nuevo Mundo. Editorial Almuzara, 2021

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